Al abrir la puerta pude comprobar que todo seguía igual, el paso de cuatro largas décadas no había hecho mella en la mansión; me aproximé a la chimenea, encendí un fuego con las ramas polvorientas que quedaban y me senté en el viejo sillón de mi padre. Los recuerdos comenzaron a surgir en aquella sombría estancia, cobrando vida en sus rincones; cerré los ojos y la luz de la nostalgia fue tejiendo su red sobre la casa. Los buenos tiempos y su amplia gama cromática volvieron por un instante, barriendo la suciedad, la tristeza y la culpa que la impregnaban... una lágrima resbaló por mi rostro al tiempo que una hermosa melodía de Bach, la misma que hace tantos años me despedía de mi hogar, inundaba el salón. En la calle, contemplando la ventana tenuemente iluminada, dos figuras vestidas de negro murmuraban que el único hijo y asesino de los Hampton había salido esa mañana de la prisión del condado.
Para decirte la verdad debo empezar por el final, no tuve tiempo de llamarte. Hoy simplemente quiero andar, mirar al cielo y esperar que caiga un platillo volante.
Sacar las cosas de quicio, sentirme tan bien, serán los bares que piso.
Seré funambulista, mañana el preso que escapó y el que perdió de vista al desdichado cantautor, un loco en la autopista o aquel honrado boxeador que se tiró a una artista el mismo día que la amó.
Tengo mi llave perdida en el fondo del mar, una razón que me vale pa’ no llegar esta noche al hogar. Y una mirada que dice que quiere jugar, aún no cerraron las calles, aún no me pienso acostar.
Sacar las cosas de quicio, sentirme tan bien, serán los bares que piso.
Seré funambulista, mañana el preso que escapó y el que perdió de vista al desdichado cantautor, un loco en la autopista o aquel honrado boxeador que se tiró a una artista el mismo día que la amó.