9 de mayo de 2014

Alegoría de la primavera


Sandro Botticelli


8 de mayo de 2014

Como aviones en tierra


Cada tarde se sentaban en el escalón del portal de un edificio que amenazaba ruina, conscientes de que en cualquier momento se les vendría encima. Quizás, en su ingenuidad, confiaban en salir indemnes. Allí fumaban algunos cigarros y se besaban o se gritaban, según el día. En todo caso, siempre se hacían pedazos.

Aquel portal de Madrid entre Quintana y El Carmen fue durante años su rincón en el mundo, el lugar en el que cientos de veces se prometieron un amor que sabían imposible y, por tanto, indestructible. Por eso insistían en la trampa. Su empeño en quererse era más tozudo que la realidad, que percibían deformada por el filtro de la tristeza. Ella la llevó incrustada en el alma desde que era una niña, y él se enamoró precisamente de esos ojos tristes, en los que no aprendió a mirarse.

Desde el principio ambos se contagiaron de lágrimas y se acostumbraron a las madrugadas frías de luna negra. Lloraron cada uno de los golpes y nunca se ahorraron un reproche. Lo dieron todo, y todo lo que consiguieron fue nada.

Una tarde de extraña calma acordaron que, cuando al fin se perdiesen en la inevitable tormenta, volverían a encontrarse en aquel portal. ‘Te estaré esperando aquí’, dijo ella, convencida de su engaño. Media hora después, él se alejó caminando hacia Ventas sabiendo que no cumpliría el trato. Antes de llegar al puente vislumbró el final, y tuvo claro que debía hacerlo. Aquella noche fue la última que lo cruzó con lágrimas en la cara.

Remontar el vuelo se hizo difícil, y a veces se buscaron como aviones en tierra. Pero ambos unieron sus fuerzas hasta lograr distanciarse definitivamente. En su afán por destruir, construyeron un final desastroso, un adiós amargo a la altura de su historia. Y no volvieron a verse.

Hace poco él regresó al portal de aquel edificio que ya no existe. Fue puro azar, no un acto premeditado y tampoco temerario, ni siquiera valiente. Se sabía fuera de peligro porque los escombros de aquella ruina se habían retirado hacía mucho tiempo. Se sentó donde acostumbraba, buscó un pitillo y lo prendió mientras observaba sorprendido cómo había crecido la ciudad. Nunca imaginó que aquellos solares vacíos pudieran algún día albergar los relucientes edificios que, ante sus ojos, se estiraban hacia el sol. Se sintió afortunado, pese a todo, de haber habitado en la penumbra de aquellos ojos tristes. ‘Te estaré esperando aquí’, le había prometido. ‘Al final’ -pensó- ‘no me mintió’.

Se levantó, apagó el cigarro y esbozando una levísima sonrisa dijo adiós a la tristeza.


Chema Doménech
esacancionmesuena.com

7 de mayo de 2014

Después de brindar


Después de brindar, se levantó, se despidió de los comensales
con delicadeza recogió el bolso Cristian Dior a juego con su traje,
atravesó el salón donde de chica jugaba a ser grande
y pensó como todo cambió, 'la vida no es un juego' decía su padre.

Y es que no hay nada más triste
que recordar los sueños del pasado,
para comprobar que poco se cumplió
de lo que habíamos soñado.

Y es que no hay nada más triste
que recordar los sueños del pasado.

Reconsideró la situación antes de seguir adelante
y escucho las risas en el comedor y decidió que ya era tarde.
Subió a la habitación donde el viejo reloj marcaba sus horas
era justo media noche y sacó del bolso una pistola.

Y en medio de la cena se escuchó un disparo que arruinó la fiesta.
Y es que en las mejores casas a veces ocurren cosas como estas.

Y es que no hay nada más triste
que recordar los sueños del pasado,
para comprobar que poco se cumplió
de lo que habíamos soñado.

Y es que no hay nada más triste
que recordar los sueños del pasado.

Y en medio de la cena se escuchó un disparo que arruinó la fiesta.
Y es que en las mejores casas a veces ocurren cosas como estas.


Ariel Rot
(con Quique González)

4 de mayo de 2014

2 de mayo de 2014

La buhardilla

Parece que han vuelto
las luces a la buhardilla,
aquella donde los ratones
conversan con mis miedos,
ajenos al felino que los espera
bajo la escalera, junto a un cuenco
de leche, y un canario, y una libertad
enjaulada que se resiste a serlo
en una casa en ruinas por tu ausencia;
y mientras los ratoncitos ríen en su idioma,
a salvo de las cadenas, de las garras,
y de las tristes sombras
de sus fantasmas.


1 de mayo de 2014

Flores secas


Hay flores secas en esta mañana
y una resaca de pasarme de ti
me entra frío en el porvenir
no tengo abrigo y cierro la ventana.

No tengo fe en el exceso de ganas
no tengo ganas de hacerme el café
ya he destruido el castillo de arena
y con el fango me he hecho una muralla en la piel.

Estoy pensando en musas y arañas
a ver si alguna deja de tejer
y confecciona un jersey de lana
para el invierno tenerme algo que poner

y no me eches de menos
que el recuerdo es un veneno
yo vivo en la soledad
con tanta gente que me da miedo...
siempre nos quedará un alto el fuego
y una bandeja de plata y un mar de cristal
y un par de besos ante el espejo
y un rostro nuevo como zapatos viejos.

Con el sabor de tu caverna de carne
a caramelo se va el último tren
hay una fuente y detrás hay una sed
y entre tus pies se va perdiendo la tarde.

Quizá turista buscando una playa
cógeme del bolsillo azul un papel
me he enamorado de la chica de ayer
detrás del grifo tienes una raya y tu carnet

y no me eches de menos
que el recuerdo es un veneno
yo vivo en la soledad
con tanta gente que me da miedo...
siempre nos quedará un alto el fuego
y una bandeja de plata y un mar de cristal
y un par de besos ante el espejo
y un rostro nuevo como zapatos viejos.

Carlos Chaouen