7 de septiembre de 2015

Henri Rousseau, “El Aduanero”


Henri Rousseau

(por El Ojo en el Cielo)

El impostor

La llamada Ley de la Memoria Histórica se reveló muy pronto como lo que era: una ley insuficiente y fría con las víctimas, que parece menos concebida por la izquierda para solucionar el problema del pasado que para mantenerlo vivo durante mucho tiempo y, mientras tanto, poder usarlo contra la derecha. De todas maneras, en el fondo da un poco lo mismo, porque esa ley hace tiempo que no se aplica, según el actual gobierno de derecha porque no hay dinero para aplicarla, y muchas de las asociaciones que florecieron en la década anterior, enzarzadas por lo demás y desde muy pronto en discusiones bizantinas e incomprensibles peleas internas, han desaparecido o manotean en dique seco, sin fondos y quizá sin futuro, como le ocurre a la propia Amical. El juez Garzón, por su parte, creyó que era posible hacer lo que se proponía hacer, pero se equivocaba: en febrero de 2012 fue condenado a once años de inhabilitación y expulsado de la judicatura, en teoría por su modo de rastrear una organización que financiaba de forma ilegal al partido en el gobierno y en la práctica por eso mismo, pero sobre todo por pretender investigar los crímenes del franquismo, por haberse ganado demasiados enemigos y demasiado poderosos y en definitiva por meter las narices donde no le llamaban. Mientras tanto, los cadáveres de los asesinados siguen en las fosas comunes y en las cunetas -la llamada Ley de la Memoria Histórica no asumía las exhumaciones sino que las subvencionaba, y las subvenciones se han acabado-, las víctimas no obtendrán una reparación total y este país nunca romperá del todo con su pasado ni lo asumirá del todo ni eliminará del todo la mentira que está en el origen o en el fundamento de todo, nunca se reconocerá o se conocerá a sí mismo como lo que fue, es decir como lo que es, los españoles no tendremos nuestra Vergangenheitsbewältigung. No, como mínimo, hasta que el pasado vuelva otra vez. Sólo que cuando vuelva ya será demasiado tarde, al menos para las víctimas.

Esto es lo que hay. La industria de la memoria resultó letal para la memoria, o para eso que llamábamos memoria y que era apenas un cobarde eufemismo. Fue tal vez la última oportunidad, y la perdimos. Lo peor es creer que uno se salva por haberse salvado: quizá durante años la ficción nos salvó, del mismo modo que durante años salvó a Marco y a don Quijote; pero al final quizá sólo la realidad pueda salvarnos, del mismo modo que al final la realidad salvó a don Quijote devolviéndole a Alonso Quijano y quizá salve a Marco devolviéndole al verdadero Marco. Suponiendo que tengamos salvación, claro está: Cervantes salvó a Alonso Quijano y, sin saberlo o sin reconocerlo, quizá yo estoy haciendo lo posible en este libro por salvar a Marco. La pregunta es: ¿quién nos salvará a nosotros? ¿Quién, al menos, hará lo posible por salvarnos? La respuesta es: nadie.

Javier Cercas

La gran broma final


Dejan los tambores de sonar
y un gong anuncia la retirada
Se discute la capitulación
mientras se aproximan carcajadas
Obtuve un premio por miedo a padecer
de cinco años de indolencia
Es la semana grande de la crueldad
y en nuestro honor celebran una fiesta

Yo me limitaba a contemplar
la misma grieta de la pared
Alguien dijo "habrá que demoler"
no sé cómo no lo vi llegar
Era el día de la gran broma final

Ha cundido el pánico en Madrid
salen fotos en la prensa rosa
En la alfombra roja habla el director
él sabe cómo se hacen bien las cosas
Puede que el tiempo te dé la razón
pero no queda tiempo; hoy es el día
en que dos planetas se estrellarán
mientras tú concedes entrevistas

Y ahora ya me empiezo a preguntar
cuál de estos chistes es el mejor
El del día en que te hablé de amor
sabiendo que daban temporal
o el del día de la gran broma final

Como un mar me presenté ante ti
en parte agua y en parte sal
Lo que no se puede desunir
es lo que nos habrá de separar
en el día de la gran broma final
Hay quien decía que era
grande y fuerte nuestro amor
y lo era igual que las Torres Gemelas
allá en Nueva York

Y cuando sabes que algo puede ir mal
y estallará bajo tu nariz
Cuando no es posible ser feliz
y te asustas como un animal
Es el día de la gran broma final

Cuando te griten con rabia
que tu amor entero fue una estafa
y tú protestes y no quede un alma allí para escuchar
Cuando ya no queden ritos
suene un golpe seco y casi un grito
y luego "ya no te molestes,

ya no hay nada que arreglar"
Es el día de la gran broma final


Ya nada será igual
tras el día de la gran broma final

Nacho Vegas

1 de agosto de 2015

Las Ruinas de la Memoria (y II)




Mejor Manolo

Al principio, lo único que pasó fue el tiempo. Y después de pasar el tiempo, mi madre se quedó embarazada y luego llegó la Chirli, y con ella nuestra vida cambió tanto que casi nadie se acordaba del Secarral, salvo a fin de mes, cuando mi madre, primero embarazada y luego dando de mamar a la Chirli, miraba los papeles del banco, veía todo el dinero que debíamos y que todavía debemos, y decía moviendo la cabeza: «Ay, el apartamento de tu padre…» Así es mi madre, con nosotros hace lo mismo, cuando nuestra popularidad cae bajo mínimos porque lo normal (siempre según ella) es que seamos insoportables, le dice a mi padre: «Manolo, diles algo a tus hijos.» Pues eso, a estas alturas, el apartamento era de mi padre y sólo de mi padre, y más desde que el Pichón empezó a salir en la tele porque las obras de todos sus secarrales, el nuestro incluido, se habían quedado paralizadas. Al principio, a nosotros nos hacía bastante ilusión que en el telediario salieran imágenes de nuestro secarral, yo y el Imbécil nos sentíamos bastante en el epicentro de la noticia. A mi madre lo que le hacía ilusión es que dijeran que el Pichón no tenía permisos para llevar el agua hasta el secarral. Siempre decía: «Lo sabía, yo, lo del agua, ya lo sabía.»

Al final, siguiendo órdenes de mi abuelo, acabamos quitando la tele cada vez que salían secarrales porque era ver la cara del Pichón y mis padres empezar a pelearse: en persona, si estaba mi padre, y si no estaba, por el móvil, porque mi madre le llamaba para decirle: «Lo sabía, yo, lo del agua, ya lo sabía.»

Un día, el Imbécil le dijo a mi abuelo Nicolás:


-Abu, si se separan yo me quedo contigo.

Y yo le dije que de eso nada, que yo era el mayor y era el que elegía, y que el abuelo de siempre había sido más mío porque llegué antes a este planeta. Nos pusimos a pelearnos nosotros también y mi abuelo nos dijo que no nos hiciéramos ilusiones, que en nuestra casa no teníamos dinero para separarnos unos de otros y que, entonces, más nos valía llevarnos bien. Y lo dijo tan en serio que todos nos callamos. Mi madre, mi padre, yo, el Imbécil, y hasta la Chirli, que estaba cantando en ese momento la música de un anuncio. Y dijo mi abuelo que si no fuera porque en la casa de Mota del Cuervo (Cuenca) no hay calefacción ni le funciona la fontanería del váter el que se iba a separar de nosotros iba a ser él. Como verás, somos multipropietarios pero todas nuestras propiedades están hechas una porquería.

Elvira Lindo

Antonio Machado. Los mundos sutiles


Eduardo Chapero-Jackson